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La contaminación agrava los trastornos neurodegenerativos

  • Foto del escritor: Alberto Aguirre de Cárcer
    Alberto Aguirre de Cárcer
  • 6 feb
  • 5 Min. de lectura

Diversos estudios muestran en los últimos meses cómo las partículas PM2,5 que respiramos dañan el cerebro y las células nerviosas motoras


Alcalde de noche
Imagen generada por IA.


A. Aguirre de Cárcer

Mientras las calles se llenan cada mañana de vida, las partículas contaminantes que ensucian el aire de nuestras ciudades causan estragos en nuestros pulmones y en el sistema cardiovascular. Ahora la ciencia más puntera está revelando que la polución que degrada la calidad del aire también puede aumentar el riesgo de enfermedades neurodegenerativas, desde la demencia a la esclerosis lateral amiotrófica.


Cuanto más crecen las fuerzas políticas que banalizan los efectos de la contaminación en la salud humana, más evidencias científicas se acumulan sobre cómo las pequeñas partículas contaminantes presentes en el aire pueden ser uno de los principales factores ambientales que están propiciando el auge de enfermedades que dañan el cerebro y el sistema neuromotor. El último estudio que apunta en esa dirección ha sido realizado por el Instituto Karolinska de Suecia y aparece publicado en el último número de JAMA Neurology.


A pesar de que los índices de contaminación en ese país son más bajos que en otros muchos, el equipo liderado por el investigador Jing Wu ha encontrado una clara asociación entre la contaminación y un mayor riesgo de padecer enfermedades neurodegenerativas con una progresión patológica más acelerada.


El equipo del Karolinska estudió el impacto de la contaminación en las enfermedades de las neuronas motoras. Se trata de dolencias neurológicas graves que afectan a las células nerviosas que controlan nuestro movimiento y cuya degradación genera atrofia en los músculos y eventualmente parálisis. De ese grupo de patologías, la más común, pues representa más del 80% de los casos, es la esclerosis lateral amiotrófica (ELA).  Hace mucho tiempo que se sospecha de la existencia de factores ambientales que inciden en la génesis y progresión de estos trastornos motores. La contaminación puede ser uno de ellos, según el trabajo del Instituto Karolinska.


En el Instituto de Investigación Ambiental del Karolinska, Jing Wu y sus colaboradores analizaron comparativamente a un grupo de 1.463 pacientes con una muestra de 7.000 individuos en buen estado de salud. Los investigadores disponían de datos sobre las concentraciones de partículas PM2,5 y PM10 en el aire de sus domicilios, en un lapso de tiempo que comprendía desde diez años antes del diagnóstico del trastorno.


Al analizar los resultados se observó que la exposición a largo plazo a estas partículas perjudiciales se asociaba con un riesgo entre un 20 y un 30% más alto de desarrollar una enfermedad de las neuronas motoras. Se constató también que los pacientes que habían estado expuestos a mayores concentraciones mostraban un deterioro motor y pulmonar más rápido tras el diagnóstico. También tenían un mayor riesgo de muerte. Esta correlación de efectos se observó en pacientes con esclerosis lateral amiotrófica, si bien este mismo patrón luego se apreció en todo el grupo de pacientes con dolencias neurodegenerativas motoras. La investigación realizada no pudo dilucidar el mecanismo causal subyacente en esta relación, pero otros estudios previos apuntan a que las partículas de la contaminación urbana producen estrés oxidativo e inflamación en el sistema nervioso.


De lo que parece no haber ya dudas es de que las partículas PM2,5 producen no solo daños en los tejidos pulmonares y cardiacos. Penetran en los pulmones y el torrente sanguíneo, pero también por inhalación en el cerebro a través de la nariz. En la misma revista, Lancet Neurology, un equipo estadounidense detalló en septiembre pasado datos que vinculan una exposición a esos contaminantes invisibles con un mayor riesgo de demencia. Estos científicos examinaron los tejidos cerebrales de 600 personas, fallecidas con demencia entre 1999 y 2022, que se conservan en un biobanco de la Universidad de Pennsylvania.


Se trata del mayor estudio realizado con personas con demencia, pacientes que antes de su fallecimiento se sometieron a pruebas cognitivas. Con ayuda de una base de datos ambiental, los investigadores pudieron calcular la concentración de partículas PM2,5 a la que habían estado expuestas en función de la localización de sus domicilios. En este estudio se constató que cuanto mayor era la exposición a las PM2,5 mayor era la huella de la enfermedad de Alzheimer en el cerebro.


Desde 2020, la prestigiosa comisión Lancet había incluido la contaminación del aire a los factores de riesgo asociados a la demencia. Ahora, las pruebas empiezan a acumularse. Otro equipo científico detalló una relación entre la exposición a estas partículas diminutas y la demencia con cuerpos de Lewy, una variante vinculada al Parkinson y que es la segunda con más incidencia tras el Alzheimer. El trabajo epidemiológico es el más grande realizado hasta la fecha buscando esa conexión entre contaminación y demencia, pues se basó en datos clínicos de 55 millones de personas, beneficiarios de Medicare, entre 2000 y 2014.


Para llevarlo a cabo se compararon las hospitalizaciones por demencia con cuerpos de Lewy con los códigos postales de los pacientes. En los condados con mayores concentraciones de PM2,5 la tasa de hospitalización por ese tipo de demencia era un 12% más elevada. Para corroborar estas observaciones, posteriormente se inocularon partículas de este tipo en ratones por vía nasal. A los 10 meses desarrollaron síntomas de demencia. Los análisis postmortem de los cerebros de estos animales mostraron acumulaciones de proteínas características de este tipo de demencia.


Un tercer estudio relevante se publicó a mitad de año en la revista The Lancet. Se trata de un metaanálisis de 32 investigaciones realizadas en Europa, Asia, Estados Unidos y Australia. Como en los anteriores emergía una clara vinculación entre la exposición a este tipo de partículas y la demencia.


Otros estudios recientes también han encontrado que la contaminación produce un deterioro de las capacidades cognitivas. En un artículo publicado en Lancet, el investigador Thomas Canning y sus colaboradores detallan que examinaron los vínculos entre la exposición a los contaminantes del aire y la cognición y la estructura cerebral en edades avanzadas, utilizando los datos de la Encuesta Nacional Británica de Salud y Desarrollo de 1946. Los científicos encontraron que una mayor exposición a la contaminación del aire entre las edades de 45 y 69 años se asoció significativamente con resultados cerebrales cognitivos y estructurales adversos.


Conviene saber que esas partículas invisibles pero muy dañinas tienen múltiples fuentes, desde los vehículos a motor y las calefacciones eléctricas a los incendios forestales. Paradójicamente, esta acumulación de evidencias científicas se produce cuando algunos países, con Estados Unidos bajo el mandato de Trump, están dando un paso atrás en los objetivos de descarbonización, apostando de nuevo por los combustibles fósiles, los principales responsables de la generación de partículas contaminantes.

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