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La cara oculta de la NASA

  • Foto del escritor: Alberto Aguirre de Cárcer
    Alberto Aguirre de Cárcer
  • hace 2 días
  • 6 Min. de lectura

Actualizado: hace 2 días

La culminación con éxito de la histórica misión Artemis II inaugura un ambicioso programa orientado a lograr, en muy poco tiempo, que los astronautas de EE UU pisen de nuevo nuestro satélite. La proeza eclipsa solo momentáneamente el rostro más negativo de la agencia espacial con la llegada de Trump: un recorte de fondos para ciencia del 50% y un abandono de los programas de observación de la Tierra por la irresponsable negación del cambio climático. El interés comercial por el espacio ha suplantado al interés científico


Alcalde de noche
Imagen generada por IA.

Alberto Aguirre de Cárcer

En 1969 yo era un niño de ocho años que, entre aterrorizado y cautivado, veía a escondidas en la tele la serie 'El fantasma del Louvre'. Nada despertaba mi imaginación tanto como la figura de ese espectro, llamado Belfegor, que deambulaba de noche por las salas vacías del museo. Pero un día de ese mismo año, como le sucedió a muchos millones de personas, mi capacidad de fascinación se disparó al observar las imágenes del paseo de Neil Armstrong por la superficie de la Luna. Mucho tiempo después del hito del Apollo XI llegaría a escribir innumerables informaciones y reportajes sobre las misiones de la NASA a lo largo de dos décadas. Fui el primer periodista de ABC con acceso a internet por mi insistente empeño en recabar información, sin depender de las agencias de noticias, de los principales centros de la agencia espacial estadounidense. Asistí desde Robledo de Chavela (Madrid) al paso de la sonda Voyager por la luna Titán y acabé viajando a Cabo Cañaveral para narrar desde allí el viaje al espacio del primer astronauta español, Pedro Duque. Pocos acontecimientos son tan emocionantes e impactantes como la contemplación in situ del despegue de una nave espacial con astronautas que arriesgan su vida intentando escapar de la fuerza de la gravedad terrestre. Por todo lo anterior siento un especial respeto y aprecio por la fabulosa aportación de la NASA a lo largo de los años, una labor que había languidecido y vuelve a brillar con este viaje a la Luna.


La exploración espacial con viajes tripulados es apasionante. Una sonda o un rover pueden enviar imágenes de lejanos planetas y lunas, pero no hay nada como la mirada y la vivencia de una persona observando nuestro planeta azul por la ventanilla de una nave espacial. De ahí que la misión Artemis II haya despertado un enorme interés. Ha sido la primera que ha podido ser seguida totalmente en directo. De un modo u otro, todo el mundo se ha sentido representado por esos tres astronautas estadounidenses y un cuarto canadiense. Ellos son los humanos que han viajado más lejos y nos han permitido echar un vistazo detallado a la cara oculta de la Luna. La proeza nos ha devuelto la confianza en la capacidad de la Humanidad para culminar grandes gestas. Y a la NASA le ha permitido recuperar parte del brillo perdido, después de más de una década obligada a utilizar naves rusas Soyuz, tras la cancelación del programa de los transbordadores espaciales.


La realidad de la agencia espacial estadounidense no es tan rutilante como pudiera parecer por el deslumbrante éxito de la Artemis II, más aún desde el regreso de Trump a la Casa Blanca. Como la Luna, la NASA también tiene una cara oculta, al menos para la mayoría de los ciudadanos, incluidos los estadounidenses. Trump se apresuró a felicitar a los astronautas de la misión Artemis II cuando amerizaron en el Pacífico, pero no hay ninguna señal de que vaya a alterar su propuesta para reducir el presupuesto global de la NASA en un 24% para 2027. Trump ya intentó un recorte de semejante cuantía para este año, aunque no logró el respaldo de la Cámara de Representantes. Ahora lo volverá a intentar.


La NASA no se ha librado de la tijera de Elon Musk, el propietario de X y de la empresa aeroespacial SpaceX, al que Trump encargó un draconiano recorte de personal en la administración dependiente del Gobierno federal. Uno de cada cinco trabajadores de la NASA perdieron su empleo por la purga del Departamento de Eficiencia Gubernamental, mientras estuvo en en manos de Musk. En total son diez mil los científicos, ingenieros y tecnólogos que han abandonado los laboratorios dependientes de la administración federal, lo que ha afectado a miles de proyectos de investigación en numerosos campos, desde la biomedicina a la ciencia relacionada con la exploración del Universo.


Una parte cualitativamente importante de estos científicos se fueron de forma voluntaria ante la incierta financiación para sus trabajos. Había además señales evidentes de que con Trump solo se aumentarían los fondos para las misiones a la Luna y más adelante Marte, reduciéndose el dinero para la ciencia en general (en torno a un 50%), lo que afectaría a los programas científicos de la NASA sobre el Sol, las estrellas, los planetas del Sistema Solar y, sobre todo, los relacionados con la observación y estudio de la Tierra. Que la ciencia pasaba a un segundo plano en la agencia espacial estadounidense resultó evidente en marzo de 2025 cuando se eliminó el puesto de jefe científico de la NASA, junto a su equipo de veinte investigadores. Ese puesto relevante estaba ocupado por Katherine Calvin, una experta en la ciencia del clima, lo que no resulta casual. Era solo la punta del iceberg. El negacionismo del cambio climático de Donald Trump comenzaba a cebarse con el trabajo de todos los investigadores que en la NASA se dedican al estudio de nuestro planeta.


Se trata de una decisión tremendamente negativa para toda la humanidad. La Luna sigue igual que en 1969, pero la Tierra ha sufrido en estas cinco décadas un calentamiento de su atmósfera que está acelerando un cambio climático de consecuencias ya funestas para la vida en el planeta. Aunque existe un consenso científico generalizado, a Trump no le importa lo más mínimo. Ya no es que discrepe de las políticas a adoptar, es que niega directamente el problema. En marcha está el plan de su administración para desmantelar el Centro Nacional de Investigación Atmosférica, uno de los más importantes del mundo en ciencia del clima desde 1960. Los científicos afectados denunciaron al The New York Times que el desmantelamiento del centro debilitaría la investigación fundamental para comprender la atmósfera, el espacio, los océanos, la contaminación atmosférica y el cambio climático. Sostienen además que el cierre dejaría a los responsables de emergencias y a los gestores públicos mucho menos preparados para afrontar fenómenos meteorológicos extremos.


En un artículo. publicado hace solo unos días en ese mismo diario, la investigadora Kate Marvel ha expuesto la magnitud de la grave situación, eclipsada aún más por el fascinante vuelo a la Luna de la misión Artemis II. Marvel, una prestigiosa científica que abandonó recientemente el Centro de Estudios Espaciales Goddard, uno de los bastiones científicos de la NASA, señala con rotundidad: "Es comprensible que existan discrepancias razonables sobre las medidas para limitar los efectos del cambio climático. Sin embargo, en lugar de debatir políticas, la administración ha optado por atacar la ciencia misma. Ha cancelado de facto la Evaluación Nacional del Clima, despedido a investigadores de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica y dejado a científicos de la NASA en una situación de incertidumbre. Ahora, planea desmantelar el Centro Nacional de Investigación Atmosférica, una joya de la ciencia meteorológica y climática".


Los recortes presupuestarios, el caótico cambio de prioridades y las injerencias políticas están haciendo que el caso de Kate Marvel no sea ni mucho menos aislado entre los científicos que estudian nuestro planeta en la NASA. Si había dudas entre algunos sobre el horizonte sombrío quedaron despejadas cuando el máximo responsable de la agencia, Jared Isaacman, declaró en marzo a la revista Science que la ciencia del cambio climático no forma parte de la misión general de la agencia espacial.


Marvel explicó muy bien el alcance del desafío. "Quizás, cuando la misión Artemis II regrese sana y salva a la Tierra, una generación de niños se inspire para contemplar nuestro mundo desde el espacio. Pero por ahora, la NASA está frenando la investigación científica y mermando nuestra capacidad de observar y comprender nuestro planeta. Todos merecemos los beneficios que la ciencia climática puede aportar: comprender el presente, planificar el futuro y el puro placer de aprender sobre el mundo, incluso en sus constantes cambios. Sin la ciencia, las impresionantes imágenes de la Tierra desde el espacio son solo bellas fotografías. Todos merecemos mucho más".


Para Trump todo esto es una minucia. Su objetivo es colonizar la Luna antes de que China mande allí a sus astronautas en 2030 y asegurarse el aprovechamiento de sus recursos naturales. El interés comercial es más relevante para Trump que el interés científico. Por eso, entre sus planes figura el abandono de la estación espacial internacional, dejando en manos de empresas privadas cuantos experimentos puedan realizarse en una órbita próxima a la Tierra. Supongo que en 1969, cuando Trump ya era un joven inmerso en el mundo de los negocios, quizá vio en la misión Apollo XI una oportunidad comercial más allá de la gesta tecnológica y científica que nos impresionó e inspiró a tantos niños en todo el planeta.




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