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Tenemos que hablar de la IA

Foto del escritor: Alberto Aguirre de Cárcer
Alberto Aguirre de Cárcer
2 may
6 min de lectura

La inteligencia artificial crece y evoluciona a velocidad de vértigo. Ha alcanzado la adolescencia y muy pronto habrá llegado a una etapa de madurez, sin que aún sepamos cuáles son todas sus oportunidades y sus riesgos. Los primeros efectos en el mercado laboral, su uso militar en Oriente Próximo y la vulnerabilidad en materia de ciberseguridad son motivos suficientes para un debate público acuciante y permanente


Alcalde de noche
Imagen generada por IA.

Alberto Aguirre de Cárcer

A la luz de la efervescente actualidad en torno a la inteligencia artificial (IA), en los últimos días me vino a la memoria la novela más conocida de la escritora Lionel Shriver, 'Tenemos que hablar sobre Kevin'. Siempre zambulléndose en temas espinosos de la vida estadounidense, Shriver relata la historia familiar de un niño que a los 16 años terminaría por causar una matanza de estudiantes y profesores en su instituto. Las señales de que algo no iba bien en aquel niño aparecieron a corta edad, pero sus padres no lo hablaron suficientemente. No hubo asesoramiento, solo dudas y temores gestionadas en silencio. Aquel niño se convirtió en un adolescente de comportamiento cruel y con una enorme habilidad para el tiro al arco, una destreza que terminaría por utilizar para perpetrar una masacre. Los progenitores de Kevin fueron también víctimas de la sinrazón violenta de su criatura.


La inteligencia artificial ha entrado en su adolescencia, crece muy deprisa y sabemos que terminará por revolucionar el mundo, aunque desconocemos si globalmente para bien o para mal. Han pasado solo cinco años desde la aparición del chatGPT, el primer programa que sacó la IA del laboratorio y que en un par de meses empezó a utilizarse por cien millones de personas. Su éxito espoleó a otras empresas tecnológicas, como Anthropic, Google, Microsoft y Meta, así como a varias firmas chinas. En un lustro hemos pasado de modelos capaces de generar texto, imágenes, música, código o vídeos, a partir de simples instrucciones, a ‘agentes de IA’ que realizan acciones de forma autónoma, pasando del terreno experimental a formar ya parte de la vida cotidiana, de los entornos educativos, de las industrias creativas y de múltiples sectores profesionales y económicos.


La inteligencia artificial generativa ya puede calificarse como una de las tecnologías más transformadoras de nuestra historia. La gran diferencia con innovaciones disruptivas precedentes es el veloz ritmo con el que se perfecciona e incrementa sus ámbitos de aplicación. Su potencial beneficioso no parece tener techo, aunque cuanto más crece, mayores son sus zonas de penumbra. La IA está contribuyendo al diagnóstico precoz del cáncer de mama, al descubrimiento de fármacos y al perfeccionamiento de la cirugía no invasiva. Los modelos de predicción meteorológica, incendios y réplicas sísmicas son ahora mucho más certeros. Ahora la agricultura ya puede ser de precisión. Ha personalizado las tutorías, el aprendizaje de idiomas y la adquisición de conocimientos. En los trabajos de oficina, la productividad se multiplica. En los laboratorios científicos también. El proyecto Génesis del Gobierno de EE.UU, que combina la IA y la supercomputación, va a dar respuesta a grandes interrogantes de la ciencia que eran esquivos para la Humanidad. Su capacidad para analizar grandes volúmenes de datos y detectar patrones ocultos en cuestión de segundos es fascinante. Como su potencial para escribir software codificando de forma autónoma, hasta el punto de que la superinteligencia ha dejado de ser una entelequia para convertirse en una posibilidad real.


Pero al mismo tiempo, la IA ha multiplicado la posibilidad de diseñar armas biológicas mucho más letales. Su utilización en el campo de batalla explotó en el conflicto de Oriente Próximo. La empresa Anthropic y el Pentágono entraron en conflicto porque la primera se negaba a que su programa Claude fuera utilizado en vehículos autónomos con armamento letal o para espiar a los propios estadounidenses. Se sabe que la IA ayudó a EE.UU. a seleccionar un millar de objetivos militares en su primer ataque en Irán. Y hay informaciones que apuntan a que también contribuyó a que Trump creyera que la guerra duraría unos días. Craso error. La IA también comete equivocaciones desastrosas porque, en muchas ocasiones, sufre alucinaciones y adula a los usuarios.


El último avance espectacular de la IA, el programa Mythos de Anthropic, es el mejor ejemplo de su luminosa cara y de su siniestra cruz. Es un programa ideado como herramienta de ciberseguridad defensiva que al mismo tiempo puede ser un arma letal en manos de profesionales negligentes o de malvados hackers, como el arco del adolescente novelado por Lionel Shriver. (Sí, tenemos que hablar de la IA antes de que sea demasiado tarde).


Anthropic anunció hace pocas semanas que limitará por el momento su programa Mythos a medio centenar de empresas estadounidenses. La tecnológica justificó esa restricción por su temor a que cayera en manos de ciberterroristas o de gobiernos autocráticos, una vez acreditada la capacidad de su nueva creación para detectar en programas informáticos vulnerabilidades de día cero, fallos en el diseño original que, al ser conocidos solo con el uso de Mythos, carecen de 'parches' de respuesta inmediata, Esos fallos ocultos, presentes desde hace décadas en algunos populares programas, son descubiertos en cuestión de horas por Mythos, que además es capaz de crear autónomamente códigos para corregir el fallo, pero también para explotar maliciosamente cada vulnerabilidad. Mythos, dice Anthropic, es demasiado peligroso para bancos, gobiernos y sistemas de salud como para liberalizar su uso.


Apple, Amazon, Microsoft, Google... y el resto de la cincuentena de empresas de EE UU que ya tienen Mythos trabajan contra reloj para desarrollar parches para los códigos vulnerables que están descubriendo en sus sistemas. Europa está inquieta por su evidente indefensión. Hace solo unos días, el Banco Central Europeo pidió a la banca que prepare planes de contingencia ante el nuevo modelo de Anthropic.


Esta noticia se conoció solo un día antes de que la Encuesta de Población Activa (ESA) del primer trimestre revelase la destrucción de empleo tecnológico en España, un fenómeno que podría estar directamente relacionado con el empleo de la IA, especialmente en la industria del software. Muchos expertos españoles no dudan en que los programadores y consultores, especialmente los más jóvenes, son las primeras víctimas de esa IA que crea nuevos códigos informáticos con asombrosa facilidad y velocidad. Resulta toda una paradoja que las principales víctimas de la IA procedan del mismo sector que contribuyó a desarrollarla.


Que la IA tendrá un gran impacto en el mercado laboral está fuera de toda duda. La cuestión es de qué manera y con qué magnitud. Por eso tiene un especial valor un reciente informe de Funcas, el primero que intenta dar respuesta a ambas preguntas. Este estudio estima que la IA creará como máximo 1,6 millones de puestos de trabajo en España en la próxima década, pero destruirá entre 1,7 y 2,3 millones, lo que arroja un saldo negativo de 600.000 empleos. La investigación dirigida por Francisco Rodríguez, catedrático de Economía de la UGR, no arroja resultados del todo negativos. Muchos sectores, como el de servicios, verán mejorada su productividad. Rodríguez calcula que entre 2,8 y 3,5 millones de trabajadores incrementarán su productividad sin que sus puestos de trabajo desaparezcan.


Hoy la IA despunta como nuevo motor del crecimiento económico global, lo que genera una carrera entre las grandes potencias para liderar la creación de centros de datos y otras infraestructuras informáticas, precisas para su implementación. Mientras los Gobiernos compiten a pie de calle numerosas personas utilizan ya ‘chatbots’ de IA (deseosos de complacer) para buscar asesoramiento personal en su vida diaria, a veces para resolver trámites burocráticos, a veces para recibir consejos afectivos o de cuidado personal, lo que introduce esta tecnología en territorios resbaladizos que afectan a la salud, incluida la mental. Los mismos programas de IA que sirven para mejorar el aprendizaje y la docencia en las aulas son empleados también para engañar a los profesores con trabajos realizados ‘a la carta’ desde la primera a la última letra.


Esta revolución tecnológica pide a gritos una reflexión profunda y multidisciplinar que derive en regulaciones para canalizar oportunidades y riesgos. Por tanto, el futuro de la IA dependerá de cómo la sociedad participe en el debate sobre sus retos técnicos, éticos y sociales. Y de cómo avance la IA en la agenda política con normativas eficaces que garanticen un uso social y sostenible.



Estas ideas son el punto de partida de unas jornadas que coordino para la Fundación Cajamurcia y que se celebrarán a lo largo de los cuatro martes del mes de mayo. El catedrático Pedro Miguel Ruiz, vicerrector de Estrategia y Universidad Digital de la UMU durante los últimos seis años, abordará el impacto de la IA en los ámbitos docentes y científicos de la Universidad. El catedrático de Economía Aplicada, Andrés Pedreño, hará lo propio centrándose en la economía y la empresa. Nuria Oliver, directora de la Fundación Ellis, diseccionará los aspectos más sociales relacionados con el desarrollo de la inteligencia artificial. Y cerrará el ciclo la secretaria de Estado de Digitalización e Inteligencia Artificial, María González Veracruz. Este ciclo de conferencias se presenta como una oportunidad para analizar críticamente estas cuestiones, compartir perspectivas diversas y contribuir a un uso responsable y beneficioso de una tecnología llamada a marcar el rumbo de las próximas décadas.


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