La vida silvestre también sufre la guerra en Ucrania
- Alberto Aguirre de Cárcer

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Por primera vez, un equipo internacional de investigadores, con presencia española, ha podido estudiar y documentar en directo los efectos ecológicos del conflicto bélico provocado por la invasión rusa, aprovechando las cámaras trampa instaladas en la zona de exclusión en torno a la central de Chernóbil.

Alberto Aguirre de Cárcer
Las guerras dejan huellas visibles en ciudades, infraestructuras y comunidades humanas. En Ucrania, lugares como Bajmut o Toretsj, se encuentran completamente en ruinas y más de 1.700 escuelas han resultado dañadas en todo el país. Por no hablar de las decenas de miles de familias que han perdido a algún ser querido. Sin embargo, los efectos de los conflictos bélicos como el ucraniano en el medio natural suelen pasar desapercibidos, salvo que la intensidad militar produzca manifiestas pérdidas de habitats y biodiversidad o cause o ontaminaciones graves en la naturaleza. Entre otras razones porque las zonas de conflicto son inherentemente peligrosas y a ellas no pueden acceder los miembros de la comunidad científica. Por eso es especialmente relevante un estudio publicado en la revista Science que describe cómo la invasión rusa de Ucrania modificó el comportamiento de la fauna salvaje en la zona de exclusión en torno a la accidentada central nuclear de Chernóbil.
La investigación fue liderada por Svitlana Kudrenko, de la Universidad de Friburgo, junto a un equipo internacional de científicos, entre ellos Nuria Silva, de la Estación Biológica de Doñana, perteneciente al CSIC. Este equipo aprovechó una circunstancia excepcional. Desde 2021 ya estaba en funcionamiento una red de cámaras trampa destinada al seguimiento de grandes mamíferos en la zona de exclusión de Chernóbil, un territorio de unos 2.600 kilómetros cuadrados que quedó prácticamente despoblado tras el accidente nuclear de 1986. Cuando las tropas rusas ocuparon la zona entre el 24 de febrero y el 1 de abril de 2022, los investigadores de este equipo internacional disponían de una herramienta única para observar cómo respondía la fauna a un conflicto armado real.
Un laboratorio natural involuntario
La zona de exclusión de Chernóbil se ha convertido durante las últimas décadas en uno de los ejemplos más conocidos de recuperación ecológica. La ausencia de población humana permitió la recolonización del territorio por numerosas especies, entre ellas alces, ciervos, jabalíes, linces y zorros.
La invasión rusa transformó repentinamente este entorno relativamente tranquilo en un escenario militar. El ejército utilizó la zona como corredor estratégico y base logística, con presencia constante de vehículos (terrestres y aéreos), soldados, explosiones y fuego de artillería. Los investigadores recuperaron los datos de 31 estaciones de cámaras trampa que permanecieron activas antes, durante y después de la ocupación rusa. Posteriormente compararon estos registros con los obtenidos en las mismas fechas de 2021, antes por tanto de que se iniciara la guerra.
Cambios inmediatos en la actividad animal
Los resultados muestran que los mamíferos de este territorio modificaron rápidamente sus patrones de actividad para adaptarse a las nuevas condiciones de riesgo. Tradicionalmente, muchas especies aumentan su actividad nocturna para evitar el contacto con los seres humanos. Sin embargo, durante la ocupación rusa ocurrió algo inesperado: algunas especies, como los ciervos y los zorros, hicieron justo lo contrario, redujeron su actividad durante las noches mientras se produjo la ocupación militar rusa.
Según este equipo científico, el paisaje del miedo cambió radicalmente para la fauna salvaje. Antes de la invasión, los animales convivían con una perturbación humana relativamente limitada y predecible. Durante la ocupación, la presencia militar introdujo amenazas tanto letales como no letales, generando nuevas pautas de comportamiento.
Uno de los aspectos más interesantes del estudio es que no todas las especies respondieron de la misma forma. El corzo mostró una reducción de su actividad cuando aumentaba la intensidad militar. Por el contrario, el ciervo rojo presentó una respuesta opuesta, registrando un incremento de detecciones en algunos momentos de mayor actividad bélica. Las liebres también reaccionaron de manera particular. Los científicos observaron más liebres en días asociados a anomalías térmicas detectadas por satélite, indicativas de incendios o explosiones provocadas por operaciones militares.
Estas diferencias ponen de manifiesto que la respuesta de la fauna depende de distintos factores, como la ecología de cada especie, su comportamiento habitual, su capacidad de adaptación y la forma en que percibe el riesgo.
Midiendo la intensidad de la guerra
Para cuantificar el impacto del conflicto, los investigadores desarrollaron un índice de intensidad bélica basado en testimonios recogidos durante la ocupación. Cada jornada recibió una puntuación entre 0 y 10 según la presencia de actividades militares como movimientos de tropas, ataques aéreos o bombardeos. Además, utilizaron datos de satélite para identificar anomalías térmicas relacionadas con incendios y explosiones. De este modo pudieron comparar las reacciones de los animales con distintos indicadores de actividad militar.
El estudio pone de relieve el enorme potencial de las cámaras trampa y las tecnologías de monitorización remota para investigar ecosistemas en zonas peligrosas o inaccesibles.
Los conflictos armados suelen dificultar o impedir el trabajo de campo, generando importantes lagunas de conocimiento sobre sus consecuencias ecológicas. En este contexto, las cámaras automáticas, los sensores remotos y las imágenes satelitales permiten recopilar información valiosa sin exponer a los investigadores a riesgos innecesarios.
Los autores consideran que estas herramientas serán cada vez más importantes debido al aumento de conflictos armados en distintas regiones del mundo y a la necesidad de comprender sus efectos sobre la biodiversidad.
Aunque el estudio se centra en las respuestas inmediatas de la fauna durante la ocupación rusa, los científicos advierten que las consecuencias podrían prolongarse durante años. La militarización de un territorio puede alterar los patrones de uso del hábitat, modificar las relaciones entre depredadores y presas e incluso influir en la evolución del comportamiento animal. Además, factores como las minas terrestres, el tráfico de vehículos pesados, los incendios o la contaminación pueden afectar directamente a la supervivencia de numerosas especies.
Sin embargo, los investigadores también señalan que la gran extensión de la zona de exclusión de Chernóbil y la ausencia de población humana desde 1986 podrían haber amortiguado parcialmente algunos de estos efectos. En áreas más pequeñas o fragmentadas, el impacto podría ser mucho más severo.
Una llamada de atención para la conservación
El trabajo concluye que los conflictos armados modernos representan una amenaza significativa para la biodiversidad. Aunque en algunos casos las restricciones de acceso humano pueden generar beneficios temporales para ciertas especies, la evidencia indica que la guerra suele provocar alteraciones ecológicas profundas.
Más allá de las pérdidas humanas y materiales, la invasión de Ucrania ha demostrado que los ecosistemas también sufren las consecuencias de los conflictos. La investigación ofrece una de las primeras pruebas directas de cómo la fauna salvaje modifica su comportamiento casi de inmediato ante la presencia de la guerra, subrayando la necesidad de incorporar la conservación de la biodiversidad en las estrategias de gestión y recuperación de las zonas afectadas por conflictos armados.





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