El AVE, Ortega y la España consternada

Actualizado: hace 2 días
"La clave española se ha estremecido y el arco periclita”, escribió Ortega sobre la sucesión de crisis sociales, políticas y militares que vivió España en 1917. Sospecho que el filósofo vería en el momento político actual otro arco en ruina por las crisis de Ceuta, la vivienda y los dos accidentes en la alta velocidad

Alberto Aguirre de Cárcer
La sala de Redacción donde hace un siglo trabajaban los periodistas de El Imparcial, el diario liberal fundado por el abuelo materno de José Ortega y Gasset, es hoy ocupada por los comensales y el personal de sala de un restaurante que mantiene el nombre de esa histórica cabecera. Situado a muy pocos pasos de El Rastro, el palacete de El Imparcial acoge en su planta baja una librería que debe atravesarse para subir al primer piso, donde esta la gran sala reconvertida en comedor, aunando un indudable atractivo arquitectónico e histórico con el buen hacer gastronómico.

En Los Lunes de El Imparcial, su celebrado suplemento literario, escribieron Unamuno. Azorin y Baroja durante su etapa más gloriosa. Los más granado de la generación del 98 dejó la huella de su talento en esas páginas literarias, donde José Ortega y Gasset publicó por primera vez un artículo titulado 'El poeta del misterio' en 1904. Dos años antes Ortega había publicado en el Faro de Vigo su primer artículo en prensa, una critica literaria sobre Valle Inclán, quien años después, en 1917, recorrió con capote, boina y polainas las trincheras francesas, a donde fue enviado por El Imparcial para escribir crónicas de la gran guerra europea.

Pero el pasado domingo, cuando comí en El Imparcial, solo cuatro días después de la tragedia ferroviaria de Urda, el artículo que me vino a la mente fue el último publicado por Ortega y Gasset en el periódico de su familia. Se titulaba ‘Bajo el arco en ruina’ y reflejaba la profunda crisis del sistema político de la Restauración. Publicado en julio de 1917, al calor de la rebelión contra el Gobierno del conservador Eduardo Dato de los militares organizados en las Juntas de Defensa, este artículo sobre el momento político presagiaba otras crisis inminentes, que en efecto llegarían al cabo de semanas y meses. “Voces se oyen cantoras de ese optimismo que muchos no acertamos a compartir… La clave española se ha estremecido y el arco periclita”, sentenció el filósofo. Su escrito levantó tantas ampollas que frustró una operación corporativa para reflotar El Imparcial y provocó la inmediata marcha del propio Ortega a El Sol, periódico también liberal que acababa de nacer y que asimismo marcaría época.
Ortega no se equivocaba. Muy pronto llegaría el grave desafío político de la Asamblea de parlamentarios auspiciada en Cataluña por la Liga Regionalista. Y la huelga convocada poco después por los trabajadores ferroviarios, que reclamaban mejoras salariales en un contexto de inflación desbocada, como también pedían los militares, desembocó en una huelga general revolucionaria que perseguía acabar con la monarquía de Alfonso XIII y que fue duramente reprimida. Todo ello en el año de la revolución bolchevique en Rusia y de la primera guerra mundial.
Me pregunto qué pensaría Ortega del momento político español, zarandeado por una sucesión de graves crisis que convulsionan a la sociedad española. La alta velocidad ferroviaria, uno de los símbolos de modernidad que nos enorgullecían y nos hacían brillar internacionalmente, se ha desplomado con dos accidentes que se cobraron más de 100 vidas en solo nueve meses. La última tragedia ha sacado a la luz todas las miserias de la gestión política de la alta velocidad. De los amaños y corruptelas de la etapa del hoy preso José Luis Abalos hemos pasado a la quiebra total de la confianza en la seguridad de los trenes con Óscar Puente.
La violación de la integridad territorial de España, con la entrada masiva en Ceuta de miles de jóvenes marroquíes, y la crisis de la vivienda que ha sacado a la ciudadanía en protesta a las calles, ya habían originado un profundo impacto en la sociedad española, que en pocas semanas vivirá también una huelga general, pocos días antes de la cita en las urnas de la que saldrá un nuevo Parlamento y otro Gobierno de la nación.
De nuevo, España aparece como un arco en ruina que periclita. Las infraestructuras de transporte son el exponente más claro de este presente fallido. Vías ferroviarias y carreteras envejecidas que precisan con urgencia de millonarias inversiones para su reforma y mantenimiento son el lamentable ejemplo de un Estado que flirtea peligrosamente con la disfuncionalidad. Quien tome las riendas del país, sea quien sea, no lo tendrá fácil pues la degradación institucional y de los servicios públicos alcanza cotas insospechadas en un clima social que está altamente polarizado. Solo poniendo fin a la colonización partidista de las instituciones y empresas públicas, apostando por una gestión profesional, podrá frenarse la cuesta abajo emprendida.
Ortega acuñó un término, el politicismo integral, para referirse a esa colonización de las instituciones del Estado con políticos afines, lo que siempre provoca que deje de buscarse la eficacia para convertirlas en botines de guerra ideológicos. Con el politicismo integral todo se juzga bajo el prisma del "amigo-enemigo". Desaparece el espacio para el debate intelectual puro, la excelencia técnica o la neutralidad institucional. A juicio del filósofo, el politicismo integral conduce a que el Estado ya no se conforma con mantener el orden material o gestionar infraestructuras, sino que aspira a moldear las conciencias, la cultura y la economía. Esto conduce inevitablemente a una burocracia paralizante donde la lealtad al régimen o al partido vale más que la competencia profesional o el talento técnico, señalaba Ortega.
El AVE contribuyó a acercar territorios, pero también al nacimiento de la España vaciada porque el tren convencional entró a partir de 1992 en vías de desaparición. La alta velocidad en ningún caso acabó con la España invertebrada porque lo que nos faltaba (nos falta) no era tanto un veloz sistema de transporte que nos conecte como un proyecto nacional compartido que realmente nos una. En estas horas revueltas de nuestra historia hoy solo cabe hablar de la España consternada.
No podemos alegar que la politización de las instituciones y el hundimiento del sector público sea por tanto un hecho sobrevenido. Lo que ya denunciaban hace más de un siglo un gran número de intelectuales sigue vivo en boca de otras acreditadas voces. Basta con revisar la obra de Rafael Jiménez Asensio para conocer los estragos en nuestras instituciones que ha causado el haber preterido la función pública profesional.





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