Esto pasa en Vox por leer a Maquiavelo y no a Stendhal
- Alberto Aguirre de Cárcer

- 29 mar
- 4 min de lectura
Da la impresión de que algunos líderes regionales del partido ultra pensaron que su libro de cabecera debía ser El Príncipe de Maquiavelo cuando en su formación solo hay sitio para uno, Santiago Abascal, que ejerce el poder de forma férrea y sin permitir la consolidación de baronías. A los purgados más les habría valido leer La Cartuja de Parma, una lección magistral de Stendhal sobre cómo sobrevivir bajo los dominios de un líder absolutista y arbitrario

A. Aguirre de Cárcer
Cuenta Andrés Trapiello en sus memorias literarias que si un año después de abandonar la Joven Guardia Roja le hubieran registrado su habitación en el barrio madrileño de Aluche lo más comprometido que le habrían encontrado en 1975 sería un ejemplar de La Cartuja de Parma. Aquella novela era sin duda la más querida de sus primeras lecturas.
La obra publicada en 1839 por Stendhal también impresionó a Tolstoi y a Gide, pero especialmente al también novelista francés Balzac, que la leyó tres veces en un año y a la que dedicó una amplia crítica literaria donde la calificaba como la obra maestra de la literatura de las ideas. A juicio de Balzac, La Cartuja de Parma sería la novela que habría escrito Maquiavelo de haber sufrido destierro en la Italia del siglo XIX.
De alguna forma, El Príncipe y La Cartuja de Parma son complementarias. Mientras la primera ofrece un conjunto de consejos y estrategias para que el príncipe conserve sin sobresaltos el poder político, manteniendo a raya a cortesanos influyentes y potencialmente peligrosos por su poder, riqueza y ambición, la novela de Stendhal despliega precisamente recomendaciones y maniobras para que esas mismas élites puedan sobrevivir y prosperar con un gobernante autocrático que se caracterice por sus caprichos arbitrarios y por infundir temor en sus subordinados.
La Cartuja de Parma transcurre en los postreros tiempos napoleónicos y narra la azarosa historia de Fabrizio del Dogo en la corte, profusa en intrigas, del imaginario príncipe Ranucio Ernesto IV de Parma, donde el joven protagonista cuenta con el apoyo de su tía, la duquesa Sanseverina y de su amante y primer ministro, el Conde Mosca. Frente al romanticismo y la ingenuidad política de Fabrizio, que inicia su trepidante aventura marchando a Waterloo para apoyar a las tropas de Napoleón, se encuentra el pragmatismo del Conde Mosca, que nunca actúa de forma impulsiva y evita riesgos innecesarios en una corte donde un día se puede concentrar mucho poder y al siguiente estar privado de libertad. La duquesa, que primero fue condesa de Pietranera, hace un alarde de inteligencia política, adaptándose en todo momento a las circunstancias cambiantes, sabedora de que actuar exhibiendo una aparente sumisión, para no ser víctima del iracundo príncipe, es la única manera de sobrevivir.
Vox se asemeja hoy a esa corte de Parma. Donde antaño todos sus miembros veían el proyecto político que necesita España, muchos de quienes formaron parte de su dirección y han sido ahora expulsados de la corte de Abascal, aventan públicamente hoy que el partido que contribuyeron a fundar se ha convertido en el lucrativo negocio patriótico del omnímodo líder y de sus asesores externos, los Ariza y Kiko Méndez-Monasterio. Abascal dejó atrás no solo a quienes le ayudaron en sus inicios. Sin ningún tipo de debate interno, también abandonó su retórica liberal para endurecer un discurso político que tiene ahora aires neofalangistas y nuevas banderas programáticas. También fue él quien decidió la ruptura de los gobiernos autonómicos de coalición con el PP y una alianza en Europa que le aleja de la italiana Meloni y le vincula con Viktor Orban, el presidente pro Putin de Hungría. Todo lo anterior en un clima interno donde destacados dirigentes (Espinosa de los Monteros, Ortega Smith, Gallardo, Antelo..,) fueron de forma sucesiva políticamente decapitados (algunos cruelmente invitados previamente a dimitir) y están en vías de expulsión del paraíso, todo ellos sin la apariencia de legalidad y garantías propia de un partido democrático.
Lo llamativo del caso de los líderes regionales defenestrados, como Gallardo y Antelo, es que utilizaron las mismas prácticas arbitrarias y autocráticas que ahora denuncian, como vetar a medios de comunicación, perseguir a los disidentes del partido y marginar o favorecer a colaboradores con discutibles criterios personales. Comportamientos maquiavélicos de quienes aspiraban a destacar como príncipes de sus pequeñas cortes territoriales mientras rendían sumisa pleitesía a quien decidía todo lo relevante desde la sede central en la madrileña calle Bambú. Ni a uno ni a otro se le conoce ninguna crítica pública o interna en el comité ejecutivo nacional a la gestión de Abascal. Más bien al contrario. Ha sido tras su marginación cuando hemos conocido esos raptos de dignidad política, que tuvieron como respuesta desde la dirección de Vox la filtración de presuntas irregularidades, comportamientos poco éticos y abusos de poder por parte del tal Antelo, acusaciones que el ex presidente de Vox en la Región de Murcia obviamente niega.
Si quienes le hacían la corte a Abascal hubieran leído La Cartuja de Parma, en lugar de El Príncipe, quizá no habrían sido fulminados, pero es muy posible que no se leyera ni uno ni otro libro, en el caso de Antelo, a quien Ortega Smith enviaba los argumentarios en audio cuando el gallego era concejal en el Ayuntamiento de Murcia. C’est la vie.





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