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Los populistas convierten el ‘sentido común’ en su arma de persuasión masiva

  • Foto del escritor: Alberto Aguirre de Cárcer
    Alberto Aguirre de Cárcer
  • 28 feb
  • 6 Min. de lectura

Actualizado: 1 mar

Trump es el adalid de este marco referencial que utilizan otros muchos dirigentes como argumento de autoridad para justificar polémicos posicionamientos y decisiones. Algunos incluso recurren a este recurso retórico para socavar los hechos y hacer apostolado del negacionismo


Alcalde de noche
Imagen generada por IA.


A. Aguirre de Cárcer

“Nadie frenará la ola de sentido común que recorre España”, voceaba esta semana Santiago Abascal, líder de Vox, en un acto de la campaña electoral de Castilla y León. Era la enésima vez que repetía esa idea. La apelación al ‘sentido común’ es ya el marco de referencia comodín del partido de derecha radical. En pleno ciclo electoral todavía se aprecia más, aunque su uso viene de lejos. Algunos dirigentes regionales de Vox, como el defenestrado José Ángel Antelo, repetían en los últimos años hasta la saciedad este recurso discursivo de los argumentarios facturados en la sede nacional de Bambú.


No es extraño oírselo hoy a dirigentes del PP, sobre todo en su nueva estrategia de acercamiento a Vox y de recuperación de un espacio político perdido. Hace solo unos días, el presidente murciano Fernando López Miras aseveraba en un diario nacional que “España necesita una política migratoria basada en la legalidad y el sentido común”. Pocos días antes era el popular aragonés Azcón quien en campaña sentenciaba: “Es imposible que nadie con sentido común confíe hoy en el PSOE de Pedro Sánchez”. Y cómo no, la diputada Cayetana Álvarez de Toledo justificó, ante las numerosas críticas, que era de “sentido común” su pregunta en el Congreso de los Diputados sobre el estado de salud de Pedro Sánchez.


La izquierda recurre menos a este latiguillo, pero también lo emplea cuando está en apuros o debe justificar alguna medida controvertida. Por citar solo un ejemplo, el propio presidente del Gobierno ha apelado al sentido común de los grupos parlamentarios para lograr el apoyo a su pacto contra la emergencia climática. Y Pablo Iglesias, sobre todo en los inicios de Podemos, manifestaba que algunas de propuestas ideológicas, como su campaña en favor de la renta básica en 2014, no eran específicamente de izquierdas, sino medidas de “sentido común” adaptadas al marco constitucional. Eran los tiempos en que Podemos, hoy en el extremo izquierdo del tablero, quería aparecer ante la opinión pública como una fuerza ideológicamente transversal heredera del espíritu insuflado por el 15M.


En la actualidad no pasa ni un solo día sin que algún líder europeo de extrema derecha no acuse a Bruselas y a las “elites progresistas europeas” de regular y aplicar normativas que van en contra del sentido común y de los valores tradicionales europeos que ellos dicen representar. Es el resultado de una clara e intencionada influencia del movimiento estadounidense MAGA en la Unión Europea, la diana prioritaria de la administración Trump.


Nadie como el propio presidente estadounidense ha convertido ‘el sentido común’ en un concepto central de la derecha populista. Son innumerables las veces que Trump ha pronunciado esas dos palabras. Lo hizo en ocasiones solemnes, como el discurso inaugural de su segundo mandato, cuando dijo que comenzaba la “revolución del sentido común”. Y también lo invoca en su día a día en Washington para justificar afirmaciones muy chocantes, como cuando culpó, sin prueba alguna, a los programas de equidad, diversidad e inclusión (DEI) del accidente sobre el río Potomac que dejó, en enero de 2025, 67 muertos tras el choque de un avión comercial y un helicóptero militar. Según Trump, Biden estaba colocando a personas no cualificadas en puestos críticos, como resultado de los programas DEI. Preguntado por la relación directa con ese accidente, Trump se limitó a responder que era así porque “tengo sentido común”.


No deja de ser paradójico que, comportándose como un rey con pulsiones autocráticas, Trump sea el adalid de una idea que fue el arco de bóveda del panfleto político que sí contribuyó al inicio de una verdadera revolución americana,  la revuelta por la independencia de las treces colonias de América del Norte contra la monarquía británica. Ese panfleto, titulado precisamente ‘Sentido Común’, fue publicado en 1776 por el intelectual inglés Thomas Paine, quien plantó en la mente de los colonos la idea de que carecía de lógica alguna que una isla dominara y gobernara a todo un continente. Escrito en términos sencillos al alcance de cualquier ciudadano, el escrito de Paine cuestionaba los poderes ilimitados del monarca inglés y abogaba por una soberanía popular de corte democrático. Desde entonces, han sido muchos los políticos, de izquierda y de derecha, que han recurrido en Estados Unidos al mantra del sentido común para invocar valores, principios y hechos en los que aparentemente se aprecia un amplio consenso social.


Esa idea que hace más de dos siglos contribuyó al crecimiento vigoroso de las democracias liberales es ahora, en manos de líderes populistas, un argumento de autoridad para convencer a los ciudadanos de que sus propuestas polémicas, muchas de claro corte iliberal, son verdades indiscutibles y no tienen alternativa posible. Y les funciona porque el sentido común, tal y como lo formulan, no exige conocimientos académicos, sino que evoca a la experiencia vivida por cada ciudadano. Desde esta perspectiva interesada, el sentido común sería la sabiduría de las clases populares frente al conocimiento adquirido por las élites en las universidades y las escuelas de negocio.


Este crisol de experiencia directa, emoción e intuición le gusta especialmente a Trump porque le sirve para negar que los científicos tengan, gracias a su rigurosa metodología basada en evidencias, un acceso especial a la verdad. Especialmente fue notoria su utilización para poner en duda las causas del calentamiento del planeta. Con sus posts en redes sociales Trump ha intentado durante muchos años erosionar la confianza en la comunidad científica, diciendo a sus seguidores que confíen en la evidencia de sus propios sentidos y en su propia experiencia. Que se guíen por su sentido común, en lugar de por la ciencia. Aunque el riesgo de equivocarse es mucho mayor cuando priman los prejuicios que nacen de las experiencias personales, en lugar de atender a los hechos contrastados, no se puede negar que Trump ha tenido éxito, desgraciadamente, en su apostalado del negacionismo climático con una retórica, muchas veces ridícula, pero muy eficaz porque cala en personas que están deseando recibir ese tipo de respuestas.



La historiadora Sophia Rosenfeld, profesora de la Universidad de Pennsylvania y autora del libro ‘Sentido Común, una historia política’, explica muy bien cómo Trump ha hecho de estas ideas toda una pieza central de su retórica populista. “El sentido común se opone al conocimiento que se deriva de las élites, al conocimiento que se deriva de cualquier cosa excepto del tipo de lógica presente en la mesa de la cocina de la gente común”, afirma esta historiadora. Cuando Trump habla de sentido común está diciendo a los ciudadanos que su inteligencia no se deriva del conocimiento adquirido en los libros, que solo cree en las cosas que ve y que se guía por su instinto para saber lo que es verdad, afirma Rosenfeld. Eso le permite plantear propuestas radicales y hacerlas pasar como las únicas que son lógicas.


El periodista Nathan J. Robinson, director de la revista de pensamiento político Current Affairs, plantea que “el sentido común se utiliza de una manera que sugiere que el concepto es democrático, que es un llamamiento a lo que todos pensamos y creemos. Pero, de hecho, puede ser bastante excluyente según se use. Si tomo cosas que creo que en realidad son bastante ideológicas, en realidad bastante contenciosas, y las enmarco como de sentido común, lo que estoy haciendo básicamente es decir que si no estás de acuerdo conmigo, estás fuera del reino de la razón misma”.


Para el profesor Dannagai G. Young, de la Universidad de Delaware, cuando los populistas elevan el sentido común a la categoría de virtud, “no es solo para celebrar cómo la gente común entiende el mundo. Es para promover una visión del mundo que rechace hechos verificables, exagere nuestros prejuicios y allane el camino para lanzar más propaganda”.


El sentido común, aquel ideal político que desde el siglo XVIII está en la base de nuestras democracias, tiene una larga historia llena de giros y enfoques hasta convertirse hoy en el arma de persuasión masiva preferida por los populistas. 

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