La IA oculta una trampa cognitiva para el pelotón de los torpes
- Alberto Aguirre de Cárcer

- 15 feb
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 24 feb
Los más rezagados intelectualmente verán mermada su creatividad y pensamiento crítico si tienen una dependencia excesiva de estas herramientas

A. Aguirre de Cárcer
La controvertida y talentosa escritora Lionel Shriver recrea en su novela ‘Manía’ una América imaginaria donde habría germinado en 2011 un fenómeno arrollador, el movimiento de la paridad mental. En esta distópica sátira social lo que empieza siendo un intento de evitar la discriminación de los menos inteligentes acaba en la cancelación de toda expresión o conducta que pueda interpretarse como una muestra de superioridad intelectual. Las palabras idiota, tonto, inteligente, brillante y cualquier otra que sugieran superioridad o inferioridad intelectual quedan desterradas, bajo pena de cancelación. Deja de existir el coeficiente intelectual y es completamente abandonado el reconocimiento de méritos en función de los conocimientos. En esa sociedad distópica se impone la neutralidad cognitiva. No hay nadie más listo que nadie. Y como eso rige para la selección de todos los puestos de trabajo, incluida la NASA y los servicios de cirugía hospitalaria, las consecuencias son irrisoriamente funestas en esta corrosiva y a la vez novela.
Con la inteligencia artificial (IA) sucederá de alguna forma lo contrario. A medida que avanza la carrera de las grandes tecnológicas mi impresión es que, en la vida real, la IA acentuará la brecha entre los más inteligentes y el pelotón de los más torpes cognitivamente. Aquí no habrá más paridad mental, ni entre personas, países y organizaciones, que las imaginadas para una ficción literaria.
El mundo real, las grandes naciones siempre batallan por la supremacía en el escenario internacional. O al menos por ocupar una posición destacada, lo menos dependiente posible. Los países que dominen la IA de forma creativa e innovadora tendrán una gran baza competitiva frente al resto. Estados Unidos y China parten con clara ventaja pues ahí están las tecnológicas que impulsan la IA hacia nuevos territorios que aún están por descubrir. Que en países como España estén creciendo como setas los centros de datos necesarios para los programas punteros de IA es una señal de que aquí se sabe lo que está en juego, aunque la mayoría de esas instalaciones informáticas están asociadas a las grandes firmas estadounidenses.
Se ha dicho que la IA tiene el poder de igualar las capacidades de los trabajadores. No hay duda de que mejorará la productividad de los menos preparados. Pero ya se está viendo que quienes sacan más provecho de estas herramientas son los más experimentados y dotados de mayores aptitudes cognitivas. Un equipo liderado por el Complexity Science Hub acaba de documentar en el sector de los creadores de códigos informáticos que son los más veteranos quienes obtienen más ganancia de productividad.
En el campo de la ciencia se percibe de manera muy nítida que la IA será un instrumento muy poderoso para la investigación de excelencia sobre temas de alta complejidad. El proyecto gubernamental Génesis de Estados Unidos, ya comparado por sus objetivos ambiciosos con el programa Apollo, es la primera gran apuesta estratégica que combina la supercomputación y la IA para dar respuesta a los grandes interrogantes de la ciencia. Bajo la dirección de Darío Gil, científico de origen murciano que dirigió la investigación en IBM a nivel mundial, este proyecto aglutina todos los supercomputadores del Gobierno de Estados Unidos y los últimos desarrollos en inteligencia artificial. Un reto que de llegar a buen puerto disparará el nivel de conocimiento de la élite mundial de investigadores.
¿Pero qué sucederá con el ciudadano medio? En líneas generales la IA proporcionará una mejora de las capacidades en múltiples facetas. Tanto es así que puede provocar una dependencia exagerada. Si el uso es abusivo y se delega mucha actividad en la IA a la larga puede originar pérdida de creatividad, de pensamiento crítico y de memoria. Una investigación realizada por el MIT ha arrojado resultados ciertamente inquietantes. Los científicos de Boston analizaron la actividad cerebral de 54 individuos mientras realizaban un ensayo. Un grupo utilizó ChatGPT, otro el motor de búsqueda de Google y el tercero no tuvo ninguna asistencia. De los tres grupos fueron los usuarios de chatGPT quienes tenía menor interacción cerebral y un rendimiento consistentemente inferior a nivel neuronal y lingüístico. A lo largo de varios meses, los usuarios de ChatGPT se volvieron más perezosos en ensayos posteriores, recurriendo a menudo al copia y pega.
Otros dos estudios, uno realizado por Microsoft y otro por la Swiss Business School, mostraron también un pensamiento crítico más débil en quienes hacían un uso abusivo de la IA. Lo que sospechan algunos expertos es que las ventajas que ofrece a corto plazo la IA pueden tener una carga negativa oculta que se manifiesta a largo plazo. Hay además una tendencia natural llamada sesgo de automatización, que consiste en dar por buena cualquier respuesta que nos ofrezca una máquina. Mal asunto si la IA continúa sin corregir sus taras: errores frecuentes, adulación al usuario, que siempre tiene razón, y una acusada tendencia a sufrir alucinaciones.
Hace falta más investigación para establecer relaciones causales más evidentes entre el uso de la IA y ciertos deterioros cognitivos, pero sí parece crecer el consenso en que el riesgo está en la descarga excesiva de tareas mentales por comodidad, pereza o ahorro de tiempo. Los más inteligentes tenderán a usar exclusivamente la IA para los procesos menos creativos, lo que les permitirá sacar el máximo provecho sin ese coste cognitivo a medio plazo. El peligro para los menos capacitados intelectualmente es que la IA puede generar una elevada dependencia, lo que a la postre tenderá a agravar en estas personas sus dificultades para escribir o solucionar problemas.
La IA será sin duda una gran aliada en innumerables tareas, pero habrá que estar ojo avizor con sus posibles costos cognitivos. De lo contrario quién sabe qué futuro distópico nos aguarda.





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